Mi cabeza está en constante efervescencia, pero estos días estoy rememorando los momentos más tiernos y entrañables de mi despertar sexual, hormonal y de todo. Incluso ya tenía algún libro político rondando por mi habitación. Recuerdo un día de verano, muy tórrido, no sé hace cuanto tiempo fue, creo que era verano del 2004.
Sé que hacía mucho calor, lo típico en el agosto malagueño. Yo estaba en la playa, apenas me habían salido pelos en las piernas. Estaba con mi tía, lo recuerdo. Mis padres estaban de viaje con unos amigos en Extremadura. Mi hermana y mi prima estaban en el chiringuito, no sé lo que hacían, probablemente tomar un helado o algo. Eso o se habían ido a la feria de Málaga. Es lo que pegaba. Llegó una conocida de mi tía con sus hijas. Una era más pequeña que yo, no me interesaba. Pero su hermana mayor… madre mía. Una niña más alta que yo, lo cual me intimidaba bastante. Unas piernas larguísimas y estilizadas, un cabello negro azabache más ondulado que la propia mar malacitana, y una piel más clara y pálida que las de la corte de los Romanov. Y por supuesto, una cara y unos ojos en los que podía ver el fondo del Baikal. Y lo que más me impactó… unas uñas pintadas de negro, como su pelo.
Fue algo así como una conexión inmediata, y eso que por aquellos tiempos estaba muy acomplejado con mi peso y mi aspecto físico en general (el cual estaba, a todo esto, bastante descuidado, producto de mis miedos e inseguridades con respecto al género femenino). El caso es que nos fuimos a nadar. Estuvimos charlando un rato, lejos de la playa. Al rato, nos miramos, nos sonreímos y ella me plantó un beso en los morros, el primero de toda mi vida. No supe reaccionar, pero me gustó.
Se llamaba Olivia. Jamás olvidaré ese nombre, sobre todo porque es el de la novia de Popeye el Marino.
El caso es que esta historia fue demasiado real. Real y muy fugaz.
No volví a besar a una chavala hasta ya entradito el 2007.