Un sabor harto amargo me recorre la lengua, el paladar y se prolonga hasta la garganta. Un sentimiento de vacío y desesperanza se apodera de mi corazón y mis entrañas. El pulso se acelera, el ambiente sombrío huele a despedida, a ocaso, a crepúsculo, a final, a muerte. Siempre que me ocurre esto pienso que no se repetirá, pero es mentira. Nadie es de hielo ni de acero. A veces pienso en lo fácil que sería huir, con la química o el frío metal agujereado atravesando mis venas. Pero para estas ocasiones, tengo una máxima: Fuerza, Valor y Templanza. De lo contrario, posiblemente hoy no estaría escribiendo estas líneas. La última vez, la desolación vino desde la Ciudad de los Califas, hoy, viene de nuevo a visitarme desde la Joya de la Corona de los reyes nazaríes.
Amargura
8 07 2011
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