Cuando llegué, me bajé del autobús y esperaba verla allí, esperándome en la estación con los demás, pero no estaba. Ardía en deseos de verla de nuevo. Di un paseo con los camaradas que me recogieron en la Estación de Autobuses, y tras un rato de andar porque sí, allí estaba. Sentada en el suelo, comiendo palomitas de colores, de esas dulzonas. Le dí dos besos por no comerle los morros, esa boquita que me pierde. Nos montamos, entre todos, en varios coches. En el que estábamos los dos, y otros dos camaradas (camarado y camarada) sonaba Estopa. Yo le decía al que iba a mi lado que la dejase cantar, porque no lo hacía nada mal. Cuando nos bajamos del coche, fuimos a aquel bar. El primer bar que conocí de esa mágica ciudad, que es mi perdición. Estuvimos un rato en el bar, entre cervezas y cubatas. Yo me pedí un Jameson con lima, es lo que siempre pido cuando tengo dinero. Entre salidas a fumar y conversaciones sobre el Islam radical, libros en inglés sobre la Yihad y mensajes al móvil de un compañero independentista asturiano, que quería verme, nos dirigimos hacia el siguiente bar a eso de las 2 de la mañana. Recuerdo que por el camino fui cantando canciones de dibujos animados mientras se me escapaba una mirada furtiva estando ella con el otro. Pero entramos al segundo bar, y de nuevo, mientras charlaba con el asturiano, miradas furtivas a su cuello. Me daba la espalda, aunque en el fondo sabía que no quería. Habría pasado mis manos por su cabeza hasta taparle los ojos, la habría girado y la habría besado hasta quedarme sin respiración.
Pero como ya dijo la camarada C, soy un calzonazos.